martes, 11 de noviembre de 2014

ALBERTO DURERO (ALBRECHT DÜRER), AUTORRETRATOS. ENTRE LA INTIMIDAD Y LA IDEALIZACIÓN.

Alberto Durero (1471-1528) ha sido aclamado como el más grande de los artistas alemanes. Su influencia ha sido profunda, no sólo entre sus contemporáneos y seguidores del siglo XVI, sino incluso hasta el presente. Aunque es principalmente conocido por sus grabados, también fue un gran pintor.


Era hijo de un alfarero húngaro que había enseñado en los Países Bajos y se había establecido en Nuremberg, donde nació Alberto. La diferencia entre padre e hijo sobre su posición en la sociedad será radical: mientras el primero se consideraba un simple artesano inmerso en el estamento del pueblo llano, nuestro pintor aspirará, bajo el nuevo influjo de la época renacentista, a ser considerado por encima de esta categoría, un ser excepcional, un genio.


Los primeros indicios de su aptitud ante su oficio y su papel en la sociedad se hacen evidentes en un autorretrato encantador que realiza a los 13 años (1484). Este fue el primero de una serie, en dibujos y en pinturas, que produjo durante el transcurso de su vida, que nos ha proporcionado la visión de su carácter, así como de sus habilidades como artista.

Albrecht Dürer. Autorretrato con 13 años, 1484. Dibujo en papel, 27.5 x 19.6 cm. Museo Albertina de Viena (Austria). Durero mantuvo en su poder este retrato que hizo en su niñez toda su vida.


El autorretrato ya era habitual entre los artistas renacentistas que se atrevían a asomarse en algunas de las composiciones multitudinarias que les encargaban, sin embargo Durero lo convierte en género al individualizar su figura como un retrato "objetivo", separado de otro contexto y al hacer la representación de sí mismo algo tan habitual de su producción pictórica.

Alberto Durero. La fiesta del Rosario, 1506.  Óleo sobre tabla, 162 x 194 cm. National Gallery de Praga. En este cuadro, Durero se reserva un sitio a la derecha, bajo el árbol, sosteniendo un escrito con su firma. Su mirada no se dirige a la escena religiosa del centro, sino al espectador.




Durero realiza tres tipos de autorretratos, que cumplen finalidades distintas: en dibujos, en óleos individualizados y en grandes composiciones de temática religiosa en los que se introduce como un personaje más.
  • A través del formato del dibujo nos llega la visión íntima, de la autoconsciencia, del pintor, la obra que no está destinada a la observación pública sino al ensayo artístico o a los mensajes personales.
  • En los óleos en los que se autorretrata como figura independiente, el artista se representa tal y como le gustaría ser visto y, por tanto, son obras hechas para la contemplación y el asombro del público. Es la reafirmación de su valía como genio.
  • En los grandes cuadros de temática religiosa en los que aparece como un personaje, el artista adopta el papel de testigo omnipresente que reafirma, con su presencia orgullosa, su autoría.
Tres ejemplos de las tres categorías de autorretratos que he establecido. El dibujo de la izquierda es de 1491 y nos muestra a un joven Durero que nos mira dolorido con una venda en la cabeza. El retrato central es el famoso autorretrato del Museo del Prado de 1498, en el que el artista muestra una imagen vanidosa de sí mismo. En la derecha tenemos un pequeño detalle del Altar de Heller de 1508-9, donde aparece sosteniendo una placa donde firma.


Analicemos cronológicamente los más importantes.

Aprendizaje por Alemania. Los primeros autorretratos.

Al terminar su etapa de aprendiz en Nuremberg junto a su padre, Durero inició en 1490 un viaje que duraría cuatro años por diversas ciudades de Alemania. En estos años trabajó como ilustrador y terminó de aprender el estilo detallista de los pintores que llamamos del gótico flamenco. En lo que nos concierne a este artículo, realizó algún autorretrato con expresión muy seria en papel y su primer autorretrato al óleo en 1493, a la edad de 23 años, posiblemente realizado en Estrasburgo. Volvió a Nuremberg en 1494, año en que se casó.

Alberto Durero. Autorretrato con expresión seria, una almohada y una mano, 1493. Dibujo de lápiz y tinta sobre papel, 27,8 x 20,2 cm. Robert Lehman Collection. Ensaya el gesto y la mirada penetrante que utilizará en el óleo posterior. Resalta su mano como otro de los elementos expresivos y la calidad de las telas. Tres de los elementos a destacar de cualquier autorretrato posterior.



Albrecht Dürer. Autorretrato con 22 años, 1493. Óleo sobre lienzo, 56.5 x 44.5 cm. Museo del Louvre, París, Francia. Durero aparece con una flor de cardo en las manos, símbolo del sufrimiento de Cristo, pero también de la fidelidad conyugal, ya que se ofrecía a las jóvenes esposas. Durero aún estaba soltero, pero se casaría al año siguiente, por lo que podría ser un cuadro para regalar a su novia, Agnes Frey. Adopta una postura de tres cuartos y mira fijamente al espectador. Ya lleva el cabello rubio largo que se convirtió en una de sus señas de identidad, pero aún no se ha dejado la barba. Su ropa no es muy espectacular, teniendo en cuenta lo que cuidará su vestimenta en óleos posteriores, por lo que podemos sospechar que no atravesaba un buen momento económico. En la parte superior, sobre su cabeza, aparece la fecha y una inscripción que dice: «My sach die gat / Als es oben schtat». Se ha traducido como «Mi destino progresará según el orden Supremo», una frase que quiere ser premonitoria sobre su futuro. Estilísticamente combina la expresión retenida del gótico alemán, con la precisión de un Van Eyck. Pero al estilo centroeuropeo le insufla un espíritu italiano al ponerse como ejemplo de hombre independiente, dueño de sus pensamientos, ejemplo de espíritu humanista.


Primer viaje a Italia y los diez años siguientes en Nuremberg.

El mismo año 1494, realizó su primer y breve viaje a Venecia, donde se encontró directamente con la pintura italiana del Renacimiento, lo que tuvo un gran impacto para él y su desarrollo consiguiente como artista y como persona. Lo más importante fue que se encontró con una actitud diferente hacia el arte y los artistas, justo lo que deseaba. En los diez años siguiente, ya en casa desde 1495, comenzará a crecer su fama en Alemania y en otros países como grabador. Durante este periodo pintó también los dos autorretratos más conocidos, el de 1498, a los 26 años como el elegante caballero del Museo del Prado, y el de 1500, a los 28 años asemejándose a Cristo de la Alte Pinakothek de Múnich.

Albrecht Dürer. Autorretrato con 26 años, 1498. Óleo sobre tabla, 52 x 41 cm. Museo Nacional del Prado, Madrid.


El cuadro del Museo del Prado es un retrato en que Durero busca promocionarse como artista virtuoso capaz de realizar una obra tan bella, pero también es un deseo de verse considerado como un joven aristocrático y no como un simple pintor. De hecho, el artista no se representa a sí mismo pintando, ejerciendo su oficio, sino que se representa como un hombre guapo, vanidoso y elegante, con conciencia de su individualidad. En una primera impresión, el espectador tiene la certeza de que lo que está viendo es una imagen fidedigna de Durero, de su aspecto físico y de su trasfondo psicológico. Pero si nos fijamos bien, a pesar de su aparente seguridad, hay un grado de duda y de aprehensión en sus ojos y la forma en que sujeta los guantes con las manos. Deberíamos preguntarnos si el pintor era en realidad tan guapo y tan gentil. Han pasado sólo 5 años desde el retrato que se conserva en el Louvre y su aspecto ha cambiado mucho. Todo parece muy idealizado.


Se representa como un gentilhombre, vestido con una elegancia un tanto extravagante y con el cabello y la barba muy cuidados. El atuendo no es sólo reflejo de una personalidad refinada, sino que también patentiza el bienestar económico del artista y el deseo claro de no ser considerado un artesano. Para demostrar su maestría, Durero utiliza una técnica muy detallista. Pone especial énfasis en diferenciar, a través de la pincelada, el pelo largo y reluciente de la cabeza, del más grueso y fuerte de la barba, así como la calidad de las telas.


Su habilidad con el color también sugiere elegancia. Aquí no hay colores brillantes, sino un abanico cromático limitado con muchas variaciones tonales de marrones cálidos: desde el chocolate hasta el dorado. El efecto es muy sutil, relajante y rico. El blanco se utiliza para enfatizar los finos pliegues de la camisa. La luz llega desde la izquierda iluminando la figura y el alfeizar de la ventana. El fondo queda en penumbra. El paisaje que se aprecia por la ventana recuerda a los que pintó en acuarela en su viaje a Venecia, un recuerdo imperecedero. Esta integración del retrato en un espacio que le sirve de marco es de clara influencia italiana. Debajo aparece su firma y el monograma de la A y una D incluida en ésta.


En el tercero de sus autorretratos, Durero se representa frontalmente y casi a tamaño natural, aunque sus ojos rehuyen la mirada del espectador que parece dirigirse, hierática, al infinito. El aspecto físico es parecido a la obra de 1498, con barba recortada y melena con rizos castaños sobre sus hombros. También la vestimenta denotan prosperidad y categoría social, ya que viste un abrigo con ribete de piel de marta y mangas acuchilladas a la moda. Esta vez no lleva guantes.

Albrecht Dürer. Autorretrato con 28 años, 1500. Óleo sobre tabla, 67,1 x 48,7 cm. Museo Alte Pinakothek de Múnich.


Su mano derecha vuelve a ser expresiva, puesto que con ella el pintor acaricia la piel y el espectador puede sentir también el deseo de tocarla. Yendo aún más allá,  podemos establecer un mensaje subyacente: el índice apunta así mismo, enfatizando la mano divina del artista que debe su posición social al pelo de marta de su pincel.


El rasgo más notorio, en cualquier caso es su gran parecido con las representaciones de Cristo, en particular con las del pintor flamenco Jan Van Eyck o el alemán Hans Memling, como Cristo bendiciendo.

A la izquierda, detalle del Cristo de Van Eyck en el políptico de San Bavon, 1437. A la derecha, el Cristo bendiciendo de Memling, 1478.


No hay que considerar esta representación como una muestra de orgullo herético, ni tampoco como una expresión de fe; es más bien una afirmación de la capacidad del artista par representar a un hombre creado a imagen y semejanza de Dios, ajustándose a las proporciones ideales dictadas por el mismo pintor.


Los años del éxito. De 1505 a 1528.

El año 1505 se produjo un virulento brote de peste en Nuremberg, por lo que Durero decidió marchar por segunda vez a Venecia. El que pisaba tierra italiana ya no era el joven pintor que deseaba completar su formación, sino un gran artista que nada más llegar recibió encargos importantes como la tabla para el altar de la iglesia de San Bartolomé conocida como La fiesta de la Virgen del Rosario. En la tabla se representa un hipotético encuentro, porque nunca se produjo, entre el emperador Maximiliano y el papa Julio II en el momento que la Virgen y el Niño les coronan con rosas. Entre el séquito que contempla tal milagro se encuentra, como vimos en las primeras imágenes de este artículo, también el artista que actúa de notario de tan fantástico suceso. No era la primera vez que el pintor se introducía como personaje en sus composiciones religiosas, pero lo hacía como un rostro "anónimo" de un personaje secundario. En este cuadro, no hay ocasión a la duda porque su persona sostiene en sus manos un documento con su firma.

Alberto Durero. Dos músicos, 1503-04. Una de las tablas del Altar Jabach. Óleo sobre tabla, 94 x 102 cm. Städel Museum - Frankfurt en préstamo en el Wallraf-Richartz Museum de Colonia. Durero se autorretrata como tamborilero.


Todo fueron alabanzas a esta obra y a su persona en Venecia y Durero se siente muy halagado por el trato recibido. Tanto es así que escribe a su amigo Willibald: "¡Ay, cuánto echaré de menos el sol! Aquí soy un caballero, en casa un parásito". En 1506, visita Bolonia, Florencia y Roma, donde pudo conocer la obra de Leonardo y del joven Rafael.

De vuelta a Alemania demuestra la influencia de la pintura italiana en grandes composiciones que realiza entre 1507 y 1511 como El Martirio de los Diez Mil, el políptico para el mausoleo del mercader Jacob Heller y La Adoración de la Trinidad. Los tres cuadros tienen en común además del tamaño: que son composiciones tumultuosas que están diseñadas en función de una construcción esférica -copernicana- del espacio y, cómo no, que el artista se hace notar con un protagonismo especial.

Alberto Durero. Martirio de los Diez mil, 1508. Témpera y óleo sobre tabla, 99 cm x 87 cm. Kunsthistorisches Museum - Viena (Austria).


En el MartirioDurero pasea con un humanista y señala una cartela donde ha escrito su autoría. Parecen los únicos cuerdos en un espacio tan pleno de violencia.


En el Altar Heller, en medio, entre La Asunción de la Virgen y los apóstoles, aparece la imagen del pintor dejando absolutamente claro quien es el autor.

Alberto Durero. Altar de Heller 1507-1509. Historisches museum Frankfurt.




En la Adoración, la figura del artista baja al plano terrenal, pero aparece muy destacada puesto que es el único personaje que aparece en el paisaje y, como en la anterior obra, su figura sirve para autentificar lo irracional del milagro. Ante un cielo abierto, que deja ver a la Trinidad, oran los santos, los reyes, cardenales y mártires. En la Tierra y delante de un bello paisaje, Durero contempla solo la escena y nos ratifica su autoría.

Alberto Durero. Adoración de la Santísima Trinidad, 1508-11. Óleo sobre tabla, 135 cm x 123.4 cm. Kunsthistorisches Museum - Viena (Austria).




Destacaré, finalmente, dos últimos autorretratos de Durero en dibujo. Al señalar esta técnica, por tanto, tenemos que tener en cuenta que  obras íntimas, no destinadas al gran público, sino a alguien concreto o a su propia experimentación con el desnudo. También tienen en común que son de la última década de su vida y nos presentan a un hombre orgulloso, pero dolorido.

Alberto Durero. Autorretrato desnudo, 1521. Dibujo, lápiz y tinta, 13 cm x 12 cm.  Kunsthalle Bremen (Alemania).  Durero había contraído la malaria en 1520 cuando estuvo pintando una ballena varada en la costa y debido a ello contrajo una inflamación del bazo. El artista señalaba a su médico el lugar exacto dónde le dolía.



Alberto Durero. Autorretrato como Ecce Homo, 1522. Dibujo, 40,8 x 29 cm. Kunsthalle, Bremen. Un hombre dolorido que muestra el paso de los años y el fin de la vanidad.

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