jueves, 2 de octubre de 2014

JACOB RUISDAEL Y EL PAISAJE HOLANDÉS DEL SIGLO XVII.

La pintura holandesa de paisaje del siglo XVII constituye uno de los capítulos más brillantes y originales de la historia de la pintura barroca.
Tradicionalmente se ha visto en ella una voluntad de realismo; este punto de vista se ha expresado por ejemplo diciendo que por medio de sus paisajes los pintores holandeses hacían un fiel y apasionado retrato de su país. Desde los pintores flamencos del siglo XV, especialmente desde Van Eyck, encontramos en esta tierra la devoción por registrar de forma realista lo que les rodeaba. Aunque el paisaje apareció en Flandes propiamente como género durante el siglo XVI con pintores como Joaquín Patinir y Peter Brueghel el Viejo, no será hasta el siglo XVII en  Holanda donde alcance la categoría de representación real de una nación, de una tierra y de sus gentes.

Pieter Brueghel. La cosecha, 1565.



Es irónico que un  pueblo que vive en un pequeño lugar tan acuoso, llano y gris haya conseguido un registro tan variado y bello de su medio. Ello es explicable conociendo el contexto histórico. El pintor holandés demuestra el orgullo por su patria, que ha conseguido la gesta de afirmarse como nación en este siglo frente a enemigos tan poderosos; y también siente orgullo por vencer en la batalla diaria de arrebatarle tierra al mar con sus polders o por poseer un alto nivel de vida, alcanzado gracias a su trabajo y a los negocios lucrativos del comercio internacional. Sólo desde el orgullo, por tanto, es capaz de entenderse cómo supieron mostrar al mundo a través de sus cuadros la belleza de sus vastas llanuras y cielos cubiertos, el trazado regular de sus canales y ríos llenos de meandros, sus polders y diques, sus playas, sus ciudades y pueblos y, por supuesto, sus espectaculares mares tempestuosos.

Jacob Ruisdael. Vista de Harleem, 1668


La visión holandesa del paisaje no es tan fiel como en principio se puede pensar, sino que selecciona y reforma la naturaleza y el medio humano para representarlos de modo ejemplar y mejorado. El pintor salía a pasear por el campo, tomaba apuntes de esa realidad y a la vuelta, en su estudio, componía una imagen manipulada mezcla de lo visto y de las licencias artísticas que le permitían crear algo armónico. Por otro lado, a menudo, en esta pintura hay mensajes codificados de contenido proverbial o religioso y una idea bucólica de "urbanitas", que contempla el medio rural como lugar ideal para la reparación mental.

Hobbema. Avenida de Milderhamis, 1689.



El gran desarrollo alcanzado por la producción paisajística también fue consecuencia del crecimiento de una clase burguesa que demandaba este tipo de género para decorar sus viviendas. Muchos de los cuadros intimistas de Vermeer de Delf o de Gabriel Metsu nos muestran deliciosos momentos de la vida cotidiana enmarcados en habitaciones que se decoran con este tipo de temática, para solaz de sus dueños.

Vermeer de Del. Detalle de Carta de amor, 1667. En la pared cuelgan un paisaje con camino y paseante y una marina.



La pintura de paisajes fue tan popular que generó una competencia entre los pintores que obligó a casi todos a terminar especializándose en algún aspecto para ser conocidos. Había que buscar el éxito en parcelas concretas: Hendrick Avercamp pintó casi exclusivamente escenas de invierno; Aert van der Neer añadió los temas nocturnos y crepusculares a su especialidad de paisajes de invierno; Willen van der Velde retrató la mar y la navegación; Jan Van Goyen y Salomon Ruysdael los estuarios y los caminos y las granjas entre las dunas; hubo pintores, como Paulus Bril Cornelius van Poelenburch, que seducidos por el paisajismo italiano de los Carracci o de los pintores franceses como Poussin Lorena, pintaron a corteses pastores en escenarios de campiñas con ruinas clásicas; Rembrandt prefirió pintar tenebrosos paisajes imaginarios de efectos lumínicos expresionistas; Paulus Potter fue ante todo un pintor de animales pastando en paisajes muy bellos; Vermeer de Delf hizo su incursión en el paisaje urbano con las vistas de su propia ciudad; Meindert Hobbema creó agradables caminos entre hileras de árboles por los que paseaban los ciudadanos; Philips Koninck pintó mayoritariamente panorámicas llanuras... A continuación tienes una buena exposición de algunos de los autores y paisajes más interesantes.


El más dotado y versátil de todos lo pintores paisajistas holandeses fue sin lugar a dudas Jacob van Ruisdael, que cultivó casi todas las ramas anteriormente mencionadas, salvo las vistas italianizantes.

Nació en Haarlem en 1628 en el seno de una familia de pintores de la que podemos destacar a su padre Isaack y a su tío y a su primo Salomon. Todos ellos firmaron sus cuadros como Ruysdael, con "y" en vez de con "i" como lo hizo Jacob en un intento de distinguirse.

Sus primeras obras datadas son del año 1646, donde se nos muestra como un joven pintor muy dotado y un gran observador del detalle botánico. Los protagonistas de los paisajes de esta primera época son los árboles que aparecen en primer plano recortados contra el cielo gris que ocupa dos tercios del cuadro. Los ríos y los caminos serpentean. También realizó alguna Vista panorámica de Naardem con rayos de sol que asoman entre las nubes iluminando selectivamente la llanura por un instante.

Ruisdael. Orilla del río, 1649.




En 1651 viajó a Westfalia y pintó al menos doce veces El castillo de Bentheim. El artista monumentalizó la escena deliberadamente buscando un efecto de grandeza. Transformó la escasa elevación sobre la que se asentaba el castillo en una verdadera montaña sin que con ello se perdiera su apariencia natural. También exageró la altura de las torres para crear el efecto de fortaleza imponente. Hay una lectura simbolista de la obra que interpreta que el castillo es la "fortaleza celestial", los árboles caídos el símbolo de la vanitas y los viajeros diminutos aquellos que buscan la salvación.

Ruisdael. Castillo de Bentheim, 1653.




Desde 1653 pintará una serie de anónimos molinos de agua. Le atrae del tema las sencillas y típicas construcciones de paja y la violencia del agua al golpear sobre los cangilones de madera. No cabe duda de que Ruisdael monumentalizó intencionadamente los molinos recurriendo a situar el punto de vista bajo y les dotó de una atractiva apariencia de decadencia al resaltar el descuidado y podrido tejado o su ruinosa pared. Juega con el espectador haciéndole presagiar la inminencia de la destrucción erosiva del agua.

Ruisdael. Dos molinos de agua con la compuerta abierta, 1653.




Hacia 1656, Ruisdael se trasladó a Ámsterdam donde su arte alcanzó todavía mayor grado de riqueza y de complejidad. Pintó un buen número de escenas de bosques en los que se abrían claros y el paisaje simbólico más claro de entre los pintados, su famoso Cementerio judío de 1567. El lugar no es real: une las ruinas de la abadía de Egmond, una montaña y un arroyo con unas tumbas del cementerio judío de Ouderkerk. El motivo, así como el árbol marchito y el arco iris, constituyen una alegoría que exhorta al espectador a meditar sobre la transitoriedad de la vida y el paso del tiempo. El tema será retomado en el Romanticismo.

Ruisdael. El cementerio judío, 1657.




En 1670 pintó su célebre Molino de Wijk, que hoy se considera casi como el emblema de Holanda. El artista ajustó la elevación y la apariencia real del cilindro de la torre para potenciar su fuerza expresiva. La luz, de nuevo, y el ambiente mágico de la tormenta resaltan el dramatismo de la escena.

Ruisdael. Molino de Wijk, 1670.




También entre las décadas de los 60 y 70 hizo importantes constribuciones a la representación de:
  • Escenas de playa: grandes extensiones de sorprendente colorido.
  • Escenas de invierno, con un toque de tristeza característico y la creación de sensaciones de humedad y frío por medio de un cielo encapotado y de la nieve.
  • Vistas panorámicas de Haarlem de Alkmar, como ya pintó a finales de los 40, donde el cielo toma el protagonismo y la línea del horizonte queda extremadamente baja. Las ciudades se recortan en la lejanía creando la impresión de majestuosidad ilimitada.
  • Cataratas que nunca pudo contemplar, puesto que no existía en la geografía de la zona
  • Marinas de aguas agitadas en los estuarios del río Y, donde el viento empuja las olas y las velas de los barcos.
Ruisdael. Escena invernal.




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