sábado, 4 de octubre de 2014

GIL DE SILOE Y LOS SEPULCROS DEL PRINCIPE ALFONSO Y DE LOS REYES JUAN II DE CASTILLA E ISABEL DE PORTUGAL EN LA CARTUJA DE MIRAFLORES. ESCULTURA FUNERARIA AL SERVICIO DE LA MONARQUÍA DE ISABEL LA CATÓLICA. El estilo gótico flamenco en escultura.

El siglo XV es, en cuanto a la escultura, uno de los más productivos tanto en calidad como en abundancia de obras. España está abierta a las influencias del exterior, no del Renacimiento italiano, que no llegarán hasta finales de siglo, sino de Francia, Borgoña y Flandes. Muchos artistas de estas regiones visitan y terminan desarrollando su trabajo en la península al amparo de la nobleza y de los reyes. En Castilla entró con más facilidad el influjo flamenco debido a los intercambios comerciales con  Flandes a donde se exportaba lana y desde, como contrapartida, se importaban obras talladas, pinturas y paños. El estilo pictórico y escultórico de esta región dejará profunda huella en la producción artística castellana de la segunda mitad de siglo.

El bellísimo tríptico de Covarrubias de autor desconocido, ejemplo de objeto posiblemente importado de Flandes.

Durante el último tercio del siglo XV, coincidiendo con el reinado de Isabel I de Castilla (1474-1504), se produce una extraordinaria floración escultórica. Simón de ColoniaFelipe BigarnyEgas CuemanJuan Alemán o Juan Guas son algunos de los artistas extranjeros que conocemos trabajaron en este periodo, aunque por encima de todos ellos destacaba el maestro Gil de Siloe, de origen tal vez  flamenco.

La actividad de Gil de Siloe se documenta en Burgos desde finales de los años 70 hasta pasado el año 1500,  desconociéndose la fecha de su muerte. Se puede decir que en 1486, cuando la reina Isabel entra en contacto con él, estaba en la cima de su oficio, puesto que acababa de terminar el retablo de Santa Ana o del Árbol de Jesé para la capilla funeraria de Luis de Acuña y estaba ocupado en el retablo mayor de San Gregorio de Valladolid. Todo el mundo alababa su destreza como escultor en madera y alabastro y le consideraban el mejor escultor del momento.

Gil de Siloe. San Joaquín y Santa Ana, detalle central del Retablo del Árbol de Jesé. Capilla de la Concepción, catedral de Burgos.

La reina Isabel necesitaba a alguien capaz de llevar a cabo un proyecto ambicioso que le rondaba la cabeza.
La Alta Nobleza como los Condestables de Castilla (Don Álvaro de Luna o los Fernández de Velasco) o los Almirantes de Castilla (los Enríquez), o los altos prelados como Alonso de Cartagena había adquirido la costumbre de crear capillas para que la posteridad recordase el poder del personaje y de la familia.

La capilla de la Visitación de la Catedral de Burgos, donde se encuentra el sepulcro del cardenal Alonso de Cartagena, en medio de la sala y delante del altar. Se atribuye la obra a Gil de Siloe.

En contraste, la monarquía llevaba más de 80 años sin haber levantado un monumento digno a sus personas y dinastías. Por esta razón, la reina Isabel, en su afán de reforzar su legitimidad al trono tras la guerra civil que le llevó a él y de imponerse por encima de la nobleza, concebirá que la iglesia de la Cartuja de Miraflores sea el mausoleo de la línea genealógica que la llevó a su sucesión. Cumplirá de esta manera, con su deber moral de acoger los huesos de su padre Juan II (1406-1454), de su madre (fallecida en 1496) y de su  hermano Alfonso(fallecido en 1468), a la vez que olvidará de un modo consciente a su hermanastro, no querido, Enrique IV (rey de Castilla entre 1454 y 1474)Gil de Siloe recogerá el reto y realizará un hermoso conjunto funerario en la Cartuja tan importante como el que realizo Claus Sluter para el duque de Borgoña en  la cartuja de Champmol, Dijon.

En la siguiente presentación puedes ver el conjunto funerario de la Cartuja  con bastante detalle. Dejo el retablo para otra ocasión.



El sepulcro de Juan II de Castilla y de Isabel de Portugal (1486).

Es muy probable que la reina pidiera expresamente a Gil de Siloe que realizara un diseño para la tumba de sus padres que causase asombro para superar las tumbas de los nobles. El artista ideó una planta que no tenía igual hasta ese momento, una estrella de ocho puntas formada por el cruce de un rectángulo y un rombo Este formato recordaba  las bóvedas de este tipo entonces tan frecuentes. Al ubicar además a los cuatro evangelistas en los vértices del rombo reafirmaba el recuerdo de una cubierta y aplicaba estos símbolos que habitualmente rodeaban al Pantocrátor a las figuras de los monarcas. La intención era clara,  legitimar la monarquía como algo de dimensión divina.

Gil de Siloe. Sepulcro de Juan II de Castilla e Isabel de Portugal. 1486-90.

Los enterrados son retratados con mucha idealización puesto que se representan jóvenes y algo estereotipados. Se disponen de una manera tradicional, acostados y ligeramente volcados hacia el exterior, de modo que sean así más visibles. La calidad de la obra se muestra sobre todo en la representación de la reina, donde asombra la capacidad que demuestra el artista sobre el alabastro para obtener la sensación de tersura de la piel de la cara y contrarrestarla con la dureza de los brocados de los trajes.

Gil de Siloe. Detalle de la figura de Isabel de Portugal.

La complejidad de planos que resulta de la intersección de los dos volúmenes, hasta un total de dieciséis, permite un extraordinario despliegue de motivos. Una profusa microarquitectura de contrafuertes, arcos y pináculos sirve para crear enmarcaciones y hornacinas. Un ramaje menudo recorre las bandas verticales y horizontales. El catafalco se apoya sobre leones cabalgados por putti, algunos de los cuales hacen ostentación de los escudos de la monarquía. En los vértices podemos ver personajes aislados que oran por los difuntos (cartujos y santos) y grupos de figuras religiosas relacionadas con la muerte (la Piedad o el sacrificio de Isaac). También hay un interesante grupo de figuras alegóricas de las Virtudes del gobernante.

Gil de Siloe. Catafalco de los reyes Juan II e Isabel de Portugal. Leones y figuras alegóricas.

El sepulcro del Infante Alfonso (1489-95).

La reina Isabel quiso que los restos de su joven hermano Alfonso, muerto en 1468, hallaran adecuada sepultura también en Miraflores. En esta ocasión, la idea del sepulcro adosado en el muro con arcosolio que cobija un amplio espacio destinado a la figura del difunto, tenía amplios antecedentes. Aunque resulta menos normal que éste se representara arrodillado en oración mirando hacia el altar y que la estructura que recoge la escena se desarrollara en vertical.

Ha perdido la mayor parte de su decoración cairelada que crearía una especie de cortinaje calado con ramaje y putti, a través del que se vería al difunto como en una penumbra poética. Las figuras que le rodean vuelven a transmitir el mensaje protector y de exaltación de la dinastía. Destaca la escena que se sitúa entre el arco escarzano que limita el nicho y el conopial ornamental, donde aparece una cabeza triple de difícil interpretación y  un dinámico San Miguel venciendo al maléfico dragón.

La zona baja la ocupan escudos flanqueados por ángeles y guerreros. Las franjas ornamentales corren de arriba a abajo, desplegando un mundo de animales y humanos enredados en tallos vegetales que anuncian los grutescos renacentistas. La mano maestra de Gil de Siloe se manifiesta mucho más en el retrato del orante. Éste refleja unas facciones inexpresivas, pero particulares, que sugieren un retrato veraz del infante. De nuevo las telas y los brocados son trabajados para obtener texturas que contrasten. Los detalles del pelo, de los guantes o de las ropas son magistrales.

Completa este conjunto escultórico de Gil de Siloe el retablo de la cabecera de la iglesia, obra realizada entre 1496 y 1499.

No hay comentarios:

Publicar un comentario